La eutanasia es un tema incómodo para la ética, para todas las éticas, quizá a partir de una concepción sacral e idealizada de la vida y de una imagen frustrada de la muerte y un terror a la nada. Y no debiera ser así. Todo lo contrario. Porque la buena muerte –ése es el significado etimológico de la palabra- constituye la consecuencia lógica de la propuesta ética del “bien vivir”, de la “vida buena”, de la vida plena, de la calidad de vida, defendida por todas las filosofías morales sin excepción.
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