No hay nadie a los mandos de la economía mundial. Y aunque lo hubiese, no existe un conjunto de principios de común acuerdo sobre los que podría basarse su gobernación. Tenemos cierta idea de lo que hay que hacer a la hora de mitigar los riesgos, digamos, de la perforación petrolífera marina o la sobrepesca en los océanos. Pero cuando se trata de cómo organizar los inmensos flujos del comercio y las finanzas cuya relativa ordenación y crecimiento tan cruciales son para la prosperidad y el empleo en todas partes, hay un vacío intelectual y político.
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