«España es la octava potencia del mundo, un país poseedor de una economía boyante y de unas perspectivas envidiables» -los políticos socialistas sacando pecho lo repetían constantemente en sus alocuciones y discursos- «somos un país de vanguardia no hay más que observar las cifras macroeconómicas. ¡Invertid en España!». Todo iba viento en popa hasta que de golpe y porrazo y, sin saber muy bien por qué, ¡patapum! estalló la burbuja inmobiliaria, las entidades financieras hicieron aguas y la recesión mundial nos pego una puñalada trapera.
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